jueves, 4 de junio de 2009

Tomaste un bondi que te dejó a unas cuadras

Salió caminando, casi corriendo. Llegó a la parada del bondi y recibió un mensaje.

"Apurate, en 30 tenés que estar".

Ella escribía bien, desde siempre. Por eso a él le daba vergüenza mostrarle lo que escribía, por la ortografía. Quitando eso era una relación excelente, compartían muchos vicios: se conocieron compartiendo un fasito. Por eso a Rober le fascinó de golpe, porque era una mina que hacía
las cosas sin caretas. Le costó acomodar todo, blanquear su jugada sucia, confesarle que había hecho las cosas mal por ella.

"En 30 estoy, voy de camino".

En veinticinco estaba ahí, esperándola. Ella lo vió y le hizo señas de entrar. El lugar estaba bien, nada del otro mundo pero buena música. Chusmear un poco la carta, mirar las botellas, las marcas. Las pavadas que miramos todos. Después salir los dos caminando a la búsqueda de un
bar. Encontrarlo pronto, por la sed. Uno con poca luz y a sentarse.

:- Yo una Bock, no sé vos.
:- Si, sabés que voy a tomar eso.

Una sonrisa, de ambos. Luego una mesa apartada del resto. Mirarse un poco, mirarse bien.

:- Cómo estás?
:- Bien, extrañándote.
:- Yo no.
:- Si, sé que es algo viejo ya, pero a mi me sigue pasando.

Uno estaba entregado. Siempre este tipo fué un debilucho. Ella lo miraba con lástima casi, era todo muy obvio. Igual siguieron con el circo, tomaron ambos hasta terminar bien bebidos. A la hora del cierre habían estado peligrosamente cerca en un par de ocasiones, así que todo
estaba dicho. De camino a la casa de él, se besaron. No es que ella aceptara, pero él no le dió opción. Entraron, ambos. Se acostaron, ambos.

:- No vamos a volver.
:- Lo sé, dejá que me mienta tranquilo.
:- Robertino, no empieces.

El mismo olor, el mismo puto olor.

Confesión

Temprano a trabajar, hasta cuando hace frío.

:- ¿Qué hora es?
:- Temprano, vamos a dormir.
Se abrazó a ella con fuerza, traía el frío de la calle y solo así podía quitárselo. Disfrutó como pocas veces del calefactor tiro balanceado y la frazada tejida por su bisabuela. La luz gris del nuboso mediodía apenas molestaba más allá de las persianas plásticas. Ellos dormian en paz, en esa cuadra donde no pasan los colectivos. Era un PH lindo, al fondo. Tenía un patio atrás, grande, con un árbol de limones y una parra. A Rober le gustaban el pasto y los árboles, no asi las flores. A eso de las tres de la tarde empezó a llover, se levantó despacio y preparó el desayuno. Los vecinitos jugaban debajo del chaparrón, la mamá los dejaba cuando no hacía tanto tanto frío, pero a Robertino todos los días le parecían fríos. Se tiraban con algo, baldazos de agua de la canilla. Se puteaban también, eran hermanos pero se trataban de hijos de puta, la madre gritaba barbaridades peores que las de sus hijos. El agua a punto, la mesita con los platos y de nuevo a la cama. Se notaba que se había quedado levantada después de que él fue a trabajar, el pasillo estaba reluciente incluso debajo de la bicicleta que ahí descansaba. Por eso dormía tanto, en esos días particulares le gustaba quedarse en la cama hasta las cinco. También había aprendido que tenía que hacer algún comentario sobre el asunto de la casa, de la limpieza puntualmente, para que ella se sienta bien, porque al fin y al cabo si se enroscaba a dejar todo en orden era por él: María nunca fue ordenada.
:- Gracias.
:- A vos.
:- ¿Por?
:- Por la casa- un beso en el cachete, el cachete izquierdo.
Se quedaba un rato sentada, con los ojos cerrados, haciéndose la tonta.
:- Tengo sueño- cabeza en el hombro de él, que mira distraído el resumen de goles de la novena fecha.
A veces se iba un poco, nunca sabía por qué pero su cabeza lo trasladaba lejos y lo volvía incapaz de relacionarse con su entorno. Esto ya no duraba tanto, con María despertándolo el efecto era tan solo de minutos.
:- Tengo sueño dije- beso en el hombro con camisa.
:- Me hubieras esperado para limpiar, pava- ahora el otro canal, el más amarillista.
:- No, porque vos trabajás y yo estoy acá, como una vaga.
:- No, vos sos la depresiva que vino a buscar cariño- manos en la mesita, para evitar que el desayuno vuele por los aires. Ella lo miraba, había dicho algo estúpido.

:- ¿Esa huevada venís a decir?
:- No, pero es lo que pienso cuando intento entender el porque, para no molestarte con preguntas que no querés responder.
:- Yo no dije que no quería responder, no supongas nada, no empecemos.
:- ¿Me vas a explicar entonces?
:- ¿Siempre tenés que saber todo?
:- No me vengas con boludeces, respondé mi pregunta.
No era la primera discusión como las de antes, habían tenido otra por los exes. Se miraban con ganas, como antes. Sin darse cuenta Rober y María estaban acostumbrándose y tenían tan en claro sus roles en la casa como su lugar en la cama. Cada uno contaba con sus llaves y las amigas de María habían cenado con ellos en el living unas cuantas veces. Ella tenía voz y voto en las desiciones, en las compras, en todo. Estaba instalada.
:- ¿Qué querés saber?
:- ¿A qué viniste?
:- ¿Me vas a preguntar esa huevada ahora que tengo llaves de tu casa? Sos un ridículo.
Para discutir se sentaban en la cama. Ahora las de ganar era la poseedora de la mesita. Se puso a los pies del campo de batalla, del nido de amor, del centro de su relación, otro lugar no cabía.
:- Más allá de lo que demostrás, quiero escucharte.
:- Sos un denso a veces…- cuando le decía esas cosas lo lastimaba un poco, entonces lo miraba fijo para ver si seguía sangrando por las mismas heridas.

Silencio siempre después de algún ataque. Ahora María se iba a sentir mal, era lo acostumbrado. Llega el beso en el cachete, después el abrazo. Casi nunca respondía las preguntas pero sabía bien que esta vez era invevitable, sabía que él había llegado lejos por ella. No tuvo mucho que pensar, sabía lo que le pasaba y lo que estaba haciendo ahí, solo se arrepintió de no tener el valor suficiente como para hablar de entrada.
:- Estoy acá porque te quiero, porque quiero estar con vos.
Se levantó parsimonioso, acomodándose el boxer que dejaba escapar todo. Fue directo a levantar la persiana, a darle luz al cuarto húmedo. Volvió a meterse en la cama. Pidió asistencia para quitarse su última prenda y la beso, un rato.
:- Entonces ya podemos.
:- ¿Ya podemos qué?
:- Dormir desnudos.

Infancia

Parte I

I

Robertino Ariel Sánchez vino al mundo de forma natural, con cachetudos 3,600 kilogramos. Sus padres no lo buscaron, como a ninguno de sus hijos, pero tampoco hicieron nada por evitarlo. Conocían el mecanismo de hacer bebés, lo disfrutaban y pagaban las consecuencias. Se habían casado con la idea de vivir independientes de toda criatura hasta los treinta años, pero esa edad los encontraba ya con dos nenes y una nena. Robertino llegó tiempo después, fue el sexto y sus progenitores ya acariciaban los 38. Vino a cerrar una serie de hermanos un tanto exitosa.

Día nublado, fresco y solitario en la ciudad costera, su familia lo esperaba reunida en el café de la clínica ya relajada por tantos partos anteriores. Mario, su papá, asombró a todos cuando decidió repentinamente presenciar el parto, sobreponiendose a su aversión a la sangre. Robertino, cabezón y rubio, obligó al obstetra de toda la vida a realizar un corte en la vagina de su madre para así salir con comodidad. El señor Sánchez aguantó con normalidad, tal era su asombro en el primer parto de su vida. Al cabo de una hora y algo más Betito estaba limpio, siendo llevado a los brazos de su madre.

II

César

:- ¿Viste que a la casa de al lado llegó un nene?
:- Si, lo ví, es medio negro.
Era el único borrego en su barrio. Los siete años le quedaban chicos pero los amigos del barrio lo dejaban de lado en la mayoría de los juegos. Estaba solo, ellos en los doce y él con siete. Su mamá casi que lo forzaba a frecuentar a sus compañeros de colegio pero él se aburria, hacer la tarea y jugar a los videojuegos no lo llenaban en lo mas mínimo. Disfrutaba de su bicicleta, en ella lograba escaparse lejos como casi ningún niño lo había hecho jamás a su edad. Pedaleaba tanto que llegaba a un parque muy al sur, un lugar grande con un lago con cisnes a pedal. Sabía que estaba lejos porque lo veía siempre desde el auto de su papá, cuando iban a la ciudad vecina con todos sus hermanos a visitar a la tía Florencia.
:- No digas así, no queda bien.
:- ¿Marrón?
Le gustaban las tareas del hogar. Ayudaba como podía a su mamá con la cocina, era bueno haciendo bizcochuelos. Se paraba en un taburete para poder batir los huevos en la mesada, creyéndose grande y con autoridad como para retar a sus hermanos que se acercaban a molestar. Al momento de la harina se quitaba esos lentes de grueso marco rojo que fueron motivo de burla cuando los eligió, con esa seguridad que lo marcó de pequeño.
:- Sos pavo eh- No lo podía retar, sabía que entendía bien el humor de los grandes y sus palabras inocentes hacía tiempo que no eran tal cosa. Victoria era rígida e inquebrantable, no hubiera existido otra forma de controlar a sus hijos, pero Robertino despertaba en ella sentimientos que los otros no, notaba en el más chico de su prole algo que lo distinguía. Muchas veces este le exigía explicaciones demasiado argumentadas, en su afán de conocer el por qué Betito se volvía pesado e insoportable. Esta vez no, la estaba buscando, se le notaba en la sonrisa.
:- Se llama César Páez, es el sobrino de Marta.



:- ¿Viste que llegó un nene nuevo al lado?
:- ¿Quién te dijo?
:- Mamá, ¿vamos a verlo?
:- ¿Vos no estabas ayudando a mamá?
:- Si, pero ya terminé, ahora tenemos que esperar un rato y comemos torta.
Eugenia, la cuarta de la camada, lo siguió sin chistar, curiosa. Cruzaron despacio el patio de adelante, mientras los demás jugaban a la pelota y rompían las plantas. Era una casa normal, un lote grande y una construcción casi cuadrada al medio, de cuatro habitaciones pequeñas. El patio de atrás era la envidia del barrio, en el Mario había instalado una parrilla con asador incluído. Aparte de esto solo tenía césped y unos soportes para un techo de lona desmontable que estaba por llegar cualquiera de estos días. El de adelante era diferente, rodeado por plantas florales era el lugar elegido para jugar a cualquier cosa, desde la escondida a la pelota. Victoria tenía que cuidar a los gritos a sus criaturas de pétalos sensibles de las bestias infantiles.
:- Tocá el timbre vos, sos la que más viene a visitar a Marta.
:- No te hagas, vos también venís por el café con leche- se mordía el labio y lo sobraba.
:- No me gusta que me hagas así.
Tocó el timbre. Del otro lado de la puerta estaba el nene nuevo marrón. César, pensaba Robertino, César. Lo iban a invitar a comer torta como habían hecho con Camila, la otra sobrina de Marta.
:- Hola purretes- le gustaba besarlos y abrazarlos. Los quería mucho, eran más que su familia. Ella era del barrio desde pequeña, al igual que los padres de estos dos chicos que ahora llamaban a su puerta. Se había criado junto a Victoria, eran mejores amigas desde las primeras palabras. Marta era música, daba clases de canto y tenía una banda de rock bastante conocida que Mario escuchaba todos los días. El decorado de su casa era extraño, discos y fotos de músicos, cuadros por todos lados, espejos y porta sahumerios. Eugenia estaba fascinada con todo, imitaba a su tía hasta volver este mimetismo algo preocupante.
:- Tengo una sorpresa para ustedes.
:- Ya sabemos- la mirada cómplice.
:- ¿Les dijo mamá?
:- Si, no le tenés que contar porque es una buchona.
:- No le digas así, le voy a contar.
:- ¡Chicos!- Robertino reaccionario, Eugenia la informante. Siempre iguales, Marta se divertía viendo a la señorita y al machito.

Siguieron a la tía bien de cerca, el hombre en la retaguardia porque su hermana siempre pensaba que el cuco estaba cerca. Se escuchaba la tele, un dibujito de esos que daban siempre a las seis de la tarde. Ninguno de los dos era de mirar mucho la caja boba, su papá les había enseñado a no prestarle mucha atención porque podía dejarlos idiotas, además tenían tantos juguetes y tanto pasto que pasar las horas bajo techo aún no era considerada una opción viable. El nene nuevo miraba con atención, un tigre con un tipo arriba peleaban a espadazos contra un cádaver con una capa.
:- César, vinieron dos primos a verte- se dió vuelta al instante, sabía de la existencia de ellos gracias a Camila. Su mamá le contó de sus primos tiempo atrás, antes de la primer visita de su hermana. Ahora Inés, la hermana de Marta, estaba radicada en la ciudad después de luchar mucho tiempo por el traspaso en su trabajo. Vivían a unas diez cuadras, en un chalet de ladrillo a la vista sin patio de adelante.
:- Hola- a Robertino la mano y a Eugenia un beso. Tenía ocho años pero era un señor, se paraba derechito y estaba vestido como para ir a un lugar importante. Los hermanitos Sánchez se presentaron y se sentaron a mirar la tele, mientras Camila iba a comprar unas galletitas.
:- ¿Por qué estás vestido así?
:- Callate Robertino querés- se rieron César y Robertino, uno de ella y el otro de él.
:- Él también se rie, mirá- lo señalaba y más se reían, Eugenia intentó mantenerse seria pero largó una carcajada peor que la de ellos. Poco a poco se fueron silenciando con miradas, el primero en retomar la palabra fue César.
:- Mi mamá me mandó así a lo de la tía, no sé por qué.
:- Parece que te van a embautizar.
:- Bautizar, bruto.
:- Pensé que era...
:- No, me viste así para ir a lugares importantes.
:- ¿Acá es importante?
:- No sé.
:- No sé, mamá nos viste así para ir a los lugares paquetes.
:- ¿El supermercado?
:- No, ahí no nos lleva así, ¿para qué preguntás si sabés?
César se divertía con la discusión, Eugenia se molestaba con las preguntas tontas de su hermanito. Victoria siempre le pedía paciencia, todos en la casa entendían que Robertino era de preguntar mucho las cosas aunque las entendiese a la primera, él creía que todo tenía una pata más. Se cansaron rápido y el tigre volvió de los comerciales. El feo de la capa era malo, eso era algo indudable. Robertino lo cuestionaba, decía que el otro le pegaba igual, no diferenciaba por qué uno era malo y el otro bueno. Otra discusión, César esta vez tomó partido por su primo. Pasaban los minutos y los pobres y feos malos cobraban de lo lindo frente al tigre y el señor del pelo rubio. Marta entró con galletitas de chocolate y chocolatada fresca. Como siempre acercó la mesita de patas cortas con los individuales de animales salvajes. Los vasos de vidrio con bichitos de la suerte eran menos conocidos, se ve que era una situación importante. Robertino entendió el asunto y aceptó la ropa de César como natural. Ahora la adulta se acercaba al tv y cambiaba el canal. Noticias.
:- Si pongo algo aburrido dejan de mirar y charlan.
:- ¿Nos vas a obligar?
:- No, se obligan solos.
:- Ahmmmmm- Eugenia se mordía el labio y la sobraba.
:- ¿Cuándo yo no estube no hablaron?- Ahí le contaron de la discusión y los varones defendieron al esqueleto. Marta también, para decepción de Eugenia, dijo que ella tampoco entendía por qué los buenos eran buenos si terminaban pegando igual que los malos. Les explicó que en el mundo pasaba lo mismo, que los buenos mataban gente porque decían ser buenos pero terminaban siendo como los malos. Después los llevó a la imposición de un sistema sobre otro y demás cuestiones que solo a uno de los niños interesaban.
:- ¿Y Camila?- preguntó por su amiga para no escuchar más el discurso de su tía traidora, que le había dejado sola en la batalla contra los hombres. César le explicó que estaba un poco enferma, gripe o alguna cosa que da mocos.

domingo, 10 de mayo de 2009

Bolas pringosas.

Usar boxer tiene sus ventajas, pero a veces las bolas se pegan al tronco y los pelitos tiran. Era una mañana de eso, una mañana de bolas pegadas y pelitos que dan tirones. También notó que le faltaba una media. Muy de a poco sus pies comenzaron a buscar entre las sábanas a la fugitiva, a esa media azul con el elástico estirado que andaba sin su pie por la cama desordenada. La encontró rápido y sus manos la volvieron a su lugar, las mismas manos que despegaban esas bolas pringosas.
:- ¿Vas a salir de la cama?
Era José desde la puerta, como tantas mañanas. Lo esperaba como siempre, amargo en la derecha y la pava colgando desde la izquierda. Su boca (la de Robertino), acostumbrada al aire caliente de las horas de la noche, respiró el fresco matutino y respondió con un "si" tímido, una afirmación que daba a su amigo la sapiencia de un estado de ánimo decadente.
:- Qué viejo de mierda que sos.
Era José desde la puerta, como tantas mañanas. Lo esperaba como siempre, amargo en la derecha y la pava colgando desde la izquierda. Ya no necesitaba acostumbrarse al fresco matinal, ahora asomó una mano con un fuck you mientras la otra jugaba con la pringosidad de sus bolas. En su cabeza seguía la chica con el vestido floreado y la impotencia de sus cincuenta y pico.
:- ¿Querés un mate?
La respuesta era la misma de todos los días, de todos esos días. José sabía de las depresiones de Robertino y Robertino sabía que José sabía de sus depresiones, entonces se debaja ayudar sin prisa. El mate llegaba a su mano, tibio y en silencio. El cebador se retiraba a la cocina, ahí aguardaba. El mate volvía con su amigo, siempre lo lograba sin importar lo mala que haya sido la noche.

:- ¿No tenés pantalones?
:- No- tomando el segundo mate del día, mirando la mesa que luce un mantel plástico nuevo, con frutillas chiquititas.
:- No seas pelotudo.

Los ajenos a ese mundo no entendieron jamás como Rober pasaba sus primeras horas en soledad. Tomaba esos mates en silencio, las piernas abiertas para ventilar sus partes y los pies en las pantuflas. Era un viejo depresivo como casi todos, musculosa blanca para dormir, boxer y pantuflas. Mates, amargos, amigo ex policía. En su cabeza estaban las flores, las bicicletas de la juventud y todas esas revoluciones posibles. Quizá en esto último radicaba la diferencia, quizá por eso era un casi y no un como. En su cabeza vivía la libertad adolescente, contestataria y rebelde. Era un tipo que se arrimaba a los sesenta con las ganas de vivir de un pibe de veinte. José lo dejaba amasar el plan del día tranquilo, mientras le pasaba los mates mirándolo sin chistar hasta que Robertino se levantaba y emprendía su aventura pasiva, su camino de tres metros.

:- Hoy tengo que hacer algo, ¿te parece?
:- ¿Eh?
:- Sos un lerdo vos- se levantó acomodando el calzón que se empecinaba en mostrar su nalga derecha y enfiló para el baño. Una ducha, eso era hacer algo para él. Buscó la toalla más peluda y quitó del picaporte el calzoncillo que ahí se secaba para dejarlo a mano, sabía que encontrar otro era casi imposible. Su casa tenía una ducha envidiable, era ese lugar el más cuidado por los tres. Se quitó las prendas algo sucias y se animó a la calidez de un chorro amigo. El agua en la frente, como siempre que necesitaba pensar. Repetía religiosamente todos esos clichés cinematográficos que tanto lo habían aburrido, ahora sabía que frente a otras personas estos le daban un cierto aire de misterio. Sus recuerdos lo llevaron a un conductor televisivo, a una afirmación idiota y al recuerdo de una ex. Se masturbó, le gustaba hacerlo al principio para disimular los restos con el jabón y el shampoo. Diez minutos bastaron para cerrar el paso de agua y pararse frente al espejo como un ser renovado, estaba feliz con el resultado de ese baño matinal. El día comenzaba igual a tantos otros, pensaba en la plaza y las pulseras, las mujeres y los vestidos, las flores y el odio.