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jueves, 20 de junio de 2013

Mucho tiempo después de los Tres Baldes de Pintura* (bis)

            ¿Cómo?

            Si, en la mano. Y no tengo que cerrarla eh. La puedo tener entreabierta, con los dedos luciendo sus articulaciones espantosas, regordetas de tanto sonarlos. Ahí viven, ahí están todas esas cosas que después salen, y también están todas esas cosas que alguna vez entraron. Estás vos también. Estás vos, tu visión sobre mí, la que tengo sobre vos, la que tengo sobre los otros y la creo que los otros tienen entre ellos, sobre ellos mismos y también de los demás. Y no es que me importe tanto, es que sé que está todo eso, por eso lo pongo ahí. Lo pongo ahí y con eso escribo, con eso pienso y siento. 

            ¿Pero no te parece que tendrías que dejar de tener todo eso en la mano? Quizás ya no lo necesites para esas cosas.

            No sé si es por necesidad. Por necesidad hago otras cosas. Eso lo llevo por gusto. No entendés. Es raro. No sé cómo explicarlo Mariana. Lo llevo ahí. Está. Lo llevo ahí cuando estoy en el colectivo, lo voy cuidando. Está en mi mano y por ahí entra algo nuevo. Entra una señora que llama a su hermana para preguntarle si le compró el autito que El Ricardito quería para su cumpleaños. Entra eso, entra la cadencia de la chica linda que sube en la parada del supermercado. A las cuatro cuadras puede entrar otra cosa, un nene mirándome desde la ventana de un auto en un semáforo, una madre que cruza rápido con sus dos hijos en regios guardapolvos blancos, mientras el más pequeño arrastra una mochila de carrito. ¿Cómo querés que deje de ver todo eso? ¿Cómo me pedís que deje de llevar todo eso en la mano? Es la forma de mirar che. Por ahí te moleste, por ahí te sientas intimidada cuando sentís que entrás ahí con tus amigos que tienen galerías, que tienen autos y demás, pero no hay maldad en mi mano, podés meterte porque ahí adentro estoy yo también, porque soy lo que vos ves, lo que yo veo, lo que el espejo muestra. Todo eso cabe en mi mano, quizás más, a veces sé que menos. Y no lo puedo ni quiero evitar, aunque por momentos preste más atención a mi mano que a lo que está fuera. Obvio que no es sano, entiendo que con tus ojos me decís qué horror, qué locura... pero, Mariana, no hay tal cosa. Me encantás, así, me encantás vos, me encantan todos. La vida tiene algo hermoso, algo que requiere mucho tiempo para ser visto. Y eso hermoso está en todos lados. Ese es el problema. Sólo quiero ver. Te veo a vos y pensás que te juzgo por como hablo, pero no es algo malo. Digo lo que me parece, pero no por eso te dejo de querer. Simplemente escuchás lo que entra en mi mano. Te quiero así, con tus amigos de galería, con tu necesidad de pretender la otra mano. Te quiero y punto. Me gustaría que me quieras, que me dejes mirarte y que mires conmigo. Que te subas a un colectivo para acompañarme. Que me sigas a un café para sonreír con todas las cosas que sonrío. Quiero que me ayudes con mis amigos viejos, que le saquemos juntos una sonrisa a alguien. Y si, es eso. Son las cosas que yo me llevo a la mano.

            ¿Vos te pensás que yo no veo eso?

            No sé Mariana, no sé si lo ves. No voy a decirte nada, no voy a señalarte nada que pueda ser vuelto en mi contra. Sé cómo funcionás en estos momentos. Sé que ante el menor... si, eso. Es fácil atacar. Te digo que te quiero che, a mí me importa un carajo que quieras o que creas que yo quiero. Te quiero. No es tan difícil. No vamos a tener un amor normal, de esos de revista. No sé por cuánto lo vamos a tener tampoco. Y no porque yo vea lo que veo eh. A mí me importa bien poco. Si, me importa poco. Me encantás así, pero te sentís mal con algo. No creas que porque te veo así te cuestiono. Quiero que no me cuestiones, nada más. Nos podemos ver como se nos de la gana siempre y cuando. Si, claro. Es fácil. Si. Pero no, no quiero un beso ahora. No. No estoy enojado Mariana. Quiero que. Dejame terminar. No estoy enojado. Quiero que intentes entenderme, que no te sientas mal con la mano. No son prejuicios ni nada malo. Son cosas que creo che, cosas que van ahí, las que veo, ya te lo expliqué. Están en la mano. Es eso, están en la mano. No pesa, no te preocupes. Están en la mano porque me gusta que esten ahí, soy así. Camino y veo. No sé para qué.

            ¿Entonces esto termina en...?

            En nada Mariana. Esto no tiene que terminar en nada. En que me gustaría ser feliz con alguien, en mi mano o fuera de ella. No lo sé. Pero con respecto a esto te puedo decir con total seguridad que no va a terminar en nada.

:-          Después de eso creo que vino la primera discusión seria. Pero no vino rápido eh. Nos quedamos los dos con un ruido viste- y ella lo escuchaba desde el sillón lleno de migas de Criollitas con paté.
:-          Pero si siempre tenías ruido con ella.
:-          El ruido esperable che, no seas así. El ruido necesario, digamos- manso le alcanzaba un mate, uno de esos amargos de mentira, los de estevasinazúcarporqueavos.
:-          ¿Cómo es un ruido esperable para vos?
:-          ¿Con Mariana?- María se iba por la ventana. El mate la seguía.
:-          Espero que no sea conmigo. No me vengas a joder con esas cosas.
:-          Con vos no hay ruidos esperables, si dejás correr el agua cuando vas al baño- manso le alcanzaba un beso en la frente.

:-          No me digas esas cosas, contame, dale. 

sábado, 15 de junio de 2013

Pastelera II

La yerba se humedece por mitades, no se moja. Primero agua tibia sobre el lugar donde irá la bombilla. Luego el palito para chupar. Repasador, repasador que es posapava. Repasador que es golpe en la puerta.

:-          ¿Vas vos?- en off, desde la pieza.
:-          No, te voy a hacer levantar para que te fijes si es carta documento, impuesto, vecina o ring raje.

            La pava queda al costadito de la hornalla. El saber popular dice que la distancia justa mantiene la temperatura. El repasador en la mano va hasta las llaves, se cambia de extremidad, y ya en la menos hábil observa cómo se acomoda la remera, el pelo y abre.

            Esunachicadeespaldas

:-          ¿Si?- y giró sobre su eje- Flor, ¿qué hacés?
:-          Estábamos de pasada por el barrio, compramos facturas.
:-          ¿Estábamos?- Jimarson es el plural.
:-          Si, tu amigo anda por ahí, fue a buscar diarios, dijo algo del jueves.
            Salió, miró hacia ambos lados.
:-          Pasá mejor, andá a saber cuánto tarda, lo esperamos adentro con mates, María está en la pieza escuchando música y el amargo aguanta sin ser cebado, así que vamos.
:-          Vos lo que no querés es que se te arruine el mate.

            Entraron. En el living quedó la ropa de abrigo y el gorrito de lana con su bufanda a tono.
:-          Vení acá Flor, la pieza está linda, dejá que se encarguen de los mates ellos.
            Y volvió a tomarle la temperatura al líquido, a procurar la inexistencia de palitos flotantes. Siguió el repasador en la menos hábil, el agua en chorritos finos y el fuego a distancia exacta (saber popular). Esperaba chusmeando la ventana al hombre de los diarios. Jueves. Teléfono.

:-          ¿Vas vos de nuevo?
:-          Si, atiendo, no voy.
            El repasador iba de un lugar a otro sin cumplir función aparente.

:-          ¿Diga?
:-          Che, ¿vos le regalaste facturas a un chico diariero?
:-          ¿Qué hacés en la calle todavía?
:-          ¿Qué te importa? ¿Te ponés mal?
:-          No boludo, pero estoy por empezar los mates hace como quince minutos.
:-          ¿Fuíste vos?
:-          ¿El qué?
:-          El de las facturas.
:-          ¿Cómo te diste cuenta?
:-          Porque eran todas de pastelera.
:-          ¿Le comiste las facturas?
:-          Dos nomás. Es que quería ir a comprar, pero viste… es Jueves, toca la reunión, entre comprar los diarios y después la panadería se me iba a perder mucho tiempo importante.
:-          ¿Cómo se te pierde el tiempo a vos?
:-          No sé, se me pierde.
:-          ¿Y cómo llegaste a comerle dos facturas?
:-          Porque compré cuatro diarios y le dejé el vuelto. Me dijo que estaba lleno de facturas, me preguntó si quería y acepté. Ahí me contó que una chica buena y un señor se las habían regalado.
:-          Pero pueden ser cualquiera che.
:-          Una chica buena es María, y un señor es algo amargado, como vos.
:-          Qué buen amigo sos eh, amoroso.
:-          Si, soy el mejor. Ahora, antes de que se me termine el cospel decime… ¿qué diario compraste?
:-          Compré el…

            Qué tipo, bajarse del auto para estas cosas.

:-          ¿Y para qué llamó?

:-          Porque es Jueves, es su día.

Pastelera

            Cuatro horas, seis u ocho. Horarios legales de trabajo. Ilegal nueve, diez, once. El trabajo infantil. El trabajo de mujeres con un embarazo avanzado o el de jubilados. Quizás el chico del kiosko de diarios sea hijo del dueño. Igual está mal. Ningún chico de esa edad (aparentemente rondando los 10), debería estar en una caja de hierro, en pleno invierno. Pobre pibe che. Y suelta su gracias maestro. Maestro de nada. De la indiferencia.

:-          ¿Quétepasaquetenésesacaralarga?
:-          Nada, el frío.

            Éramos tan revolucionarios de pequeños. Carlitos tenía barba, yo no me duchaba y Juan hablaba lindo. Creíamos que estas cosas sociales podían cambiar con las intenciones puras, bondadosas e inocentes.

:-          ¿No me vas a decir?
:-          Es que no es nada relevante.

            Carlos. Carlos con dos pibes y unas horas cátedra. Carlos que se viste bien, decora su barba con ambos, zapatos y unas gafas prolijas, de marco seleccionado.

:-          ¿Pero por dónde andás?
            Juan se fue para el norte. Por Carlos lo sé. Es maestro.
:-          ¿Te acordás de mis compañeros del colegio? Te conté hace un tiempo.
:-          Si, ¿les pasó algo?
:-          No, pero por ahí ando.

            Inevitable. Le encantaba meter su mano en el bolsillo, jugar con su encendedor y hacerlo volver. Claro que no era un proceso rápido. Él volvía despacito, en trescientos metros aproximadamente. Volvía pasando por una mueblería, asombrándose por una cajonera muy barata, riéndose porque María pretendía comprarlaparapintarladecolores.

:-          Te vendría bien tener una cajonera de colores. Podés poner las medias sueltas, los papeles del trabajo, los negativos y todas esas cosas que tienen que ir en cajones porque si las dejás por ahí, viste…
            Doscientos metros. La cajonera había quedado a quince. Florista, floristadechapaverde. Una señora con su radio y su antena. Dos baldes de agua, tijeras, calentador, pava, mate y bizcochos. Estaba casi en esquina. Hablaba con el carnicero que desde la puerta de su comercio bien surtido vigilanteaba la zona. Imposible no volver.
:-          Si, deme uno, para la fresca.
            Y se extendió el brazo argentino justo detrás de ellos. Doscientos treinta metros, las flores a treinta.

:-          Volvamos a tomar mate, me dieron ganas.
            Mates, colcha, cama con migas.
:-          A mí también, pero caminemos un poco más, hasta la panadería.

            Siguieron pegados, en aparente simbiosis. Encendedor, cigarrillos. Colgaban el uno del otro. La panadería les devolvió el alma. No era sólo lo salado. La pastelera. A los dos les parecía que la pastelera había nacido para el mate. Facturas. Facturas y regreso despegados. Él llevaba la bolsa, María volvía a repasar a la florista, la cajonera…

:-          A vos te puso mal el chiquito.
:-          …
:-          Aunque sepa que no sirve para nada, le voy a dar las facturas.
:-          …
:-          No me digas nada. Ya sé que no sirve, ya sé que todo que te lleva lejos no cambia, pero déjame hacerlo.
:-          ¿Así nos sentimos mejor?

:-          Quizás. Así no nos cae mal el mate.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

XXXVII

Se supone que tengo que mirar las nubes de mierda y pensar en algo más que en todo ésto, pero no sé que es eso en lo que debo pensar...

:- Lamentablemente no voy a estar ahí el jueves que viene.

sábado, 30 de octubre de 2010

XXXII

Al final todo se reducía a un par de zapatos charolados. No le gustaban, se los habían regalado por error, por no conocerla. No quedaba más alternativa que acompañarla, quizás luego un café... quería pensar en sorrentinos pero una cara ofuscada y un reloj indicando las tres de la tarde serían suficientes para obligarlo a desistir, y no estaba con ánimos de entablar un diálogo poco cordial en una esquina cualquiera de un centro cualquiera. La siguió, ella primero se calzó, luego él, y así con todo. Los encontró el espejo del baño en el justo instante de cepillarse los dientes. Su pelo largo la volvía sexy, aún después de más de un orgasmo matinal y el doble café con leche acompañado por muchas tostadas. La remera blanca al revés, la etiqueta a medio soltar y la barba de dos días lo pintaban tal cual el momento lo encontraba, como un hombre poco dispuesto a abandonar un ambiente cálido en busca del gélido viento invernal.
Lo apuró. Las doce y media, horario de comercio, catorce horas a más tardar. Un jean, zapatillas, suéter, campera. Todo eso más acomodarse el pelo le tomaba unos veinte minutos. Un vestido floreado, zapatitos, medias, vincha, morral, saquito. Cincuenta minutos mínimo. El pelo había cedido al cepillo durante el tiempo de los dientes. Lo miró triunfante luego de transcurridas tan solo dieciocho fracciones de sesenta segundos y él sonrió. Le dió un beso, abrió la puerta de entrada, cerró la puerta de entrada y la tomó de la mano. Sin más se dispusieron a caminar entre vainillas, hojas de tilo y niños con elásticos, rayuelas y pelotas.
:- A vos se te ocurre cambiarlos- y le regaló un beso en el cachete que también era sonrisa. Con la mano desocupada buscó en su campera el atado de Parliament.
:- Lo termino y nos subimos a un taxi, justo en la avenida.

:- ¿Viste que son más lindos?- estaba feliz en el café, luciendo sus pies siempre preciosos. Una lágrima y un licuado de banana a medio terminar decoraban una mesa un tanto barata, enchapada en símil madera. Quizás ya eran las cuatro del miércoles, repasaba la agenda semanal, reposaba en el jueves, en la bendita reunión de los jueves, y a la tarde le tocaba hacer las fotos de una nueva sociedad de fomento. No aparecían grandes planes, lo necesario estaba en casa o en un 504, el tiempo de las epopeyas había quedado atrás. Sin quererlo retrocedió en el calendario. Fue el de antes en sus recuerdos y aguantó una vez más esos trajes que no le quedaban, compartió trabajo con personas increíbles y durmió en camas inabarcables. Al volver se supo cómodo, contemplando a María calmo, con el estómago tibio. Toda la salida le pareció perfecta a pesar de su modorra y sus ganas de dormir. No entendía bien el por qué pero estaba siendo feliz, era dueño de una felicidad moderada y continua, una felicidad que por sincera no sufre sobresalto alguno.
:- Che ganso...- y lo llamaba, lo traía desde sus vaivenes históricos, devolviéndolo a una realidad que lo recibía blanda, amena.
:- ¿Que?

(ella sorbete, licuado)
:- ¿Me querés?

(él sonrisa, ella sorbete, licuado)
:- Te Amo.

viernes, 19 de febrero de 2010

Otro 504 II

:- ¿Qué hacés che?.

:- Acá (bostezo)... con una modorra que no imaginás.
:- ¿Por?- tomando el bolso de su colega del suelo, colgándose su cámara, encendiendo un cigarro, todo eso, en ese orden.
:- Lo mismo que te pasa a vos cuando... la flor de la edad tardía, ya no soy tan semental como antes- y la sonrisa de Robertino asomaba tímida, escondida atrás de un encendedor a bencina y Jimarson levantaba las cejas, revoleaba los ojos.
:- Es el galpón a mitad de cuadra, sin el auto no sos el mismo, eso suma.
:- ¿Suma qué?.
:- A tu estado, porque estás cansado, ¿no?- arrancó a caminar despacio, pitando lento.
:- Ah...
:- ¿"Ah..." qué?- mirándolo de soslayo, largando un poco de humo, preguntándose internamente acerca del amigo al que nunca le pasaban estas cosas, porque no era una persona de andar así, falto de energías, y mucho menos de soltar esos "ah" que dejan un mundo tácito.
:- El taxista, Carlos creo, la gente aparece siempre por algo viste, y dicen cosas...- no dijo más porque ambos entendían.

:- Será el timbre ese, ¿no?.
:- Será.

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:- ¿Esto es trabajar?- ya fuera, con la grilla, los contactos, las fotos...
:- Si, esto es trabajar- seguía raro, extraño hasta de si mismo. Caminaron en dirección al mar, el peso repartido entre ambos, silencio y cigarrillo.

:- El tachero dijo algo de olvidarse de uno mismo me parece- largó, de repente-, ¿entendés?.
:- ¿Y vos te olvidaste?.
:- Creo que si, por algo me está molestando eso que dijo- y lo molestaba como una aguja clavada ahí, en la boca del estómago. Andaban a pie por un barrio barrio densamente arbolado. Sin emitir sonido, sin fijar la vista en nada, uno pensaba que por ahí no se veían muchos chicos, ni muchos autos, ni mucho nada. El otro, suponiéndose tocado por cierta frase, se iba por sus senderos internos, recorría sin prisa cada recoveco de sus intestinos, se examinaba lenta y pausadamente.
:- ¿Tan así che?- y lo miraba cómplice, sintiéndose bien porque al menos por esta vez no era él el que andaba dubitativo, hermita.
:- Si, el tipo me dejó con un gusto a mierda en la boca hermano... como si se me hubiera escapado algo viste, como cuando recién te despertás de un sueño pero sabés que ya estás más allá del entendimiento, que para comprender tendrías que volver a algo de lo que no tenés ni la más puta idea de lo que fue, es, será, que se yo... no sé ni por qué mierda me puse así- y se detuvo, metió la mano derecha en el bolsillo (derecho) de la campera.
:- ¿Un encendedor?- incrédulo.
:- Si, siempre ando preocupado por si olvidás el tuyo, pero ahora quiero un pucho- y se lo pasó sin cuestionar, se lo dió como quién sabe que alcanza un salvavidas. Era un tiempo extraño el de la escena, ninguno de los dos sabía a dónde se habían acercado pero comprendían bien lo peligroso del terreno. Nadie queda así por algo que no conoce, se ve que estaban ahí en lo que una vez fue conocido.
:- ¿Dónde nos metimos?.
:- No sé che, mirá que la escuchaba a la vieja, pero ahora me picó.
:- ¿Qué?
:- Eso del olvido será, ¿no?.
:- ...
:- Muchas veces avancé desde la observación de mi persona, de mi actualidad. No me siento cómodo con lo que soy, pero si seguro, ¿entendés?. Asumo que a vos te pasa lo mismo. Van muchos años ya... muchos años, mucho tiempo de andar riéndome con el resto, enajenándome para poder continuar el circo... por suerte te tengo a vos, que serás lo que serás pero acá estás, pasándome un poco de cáncer enrolado... no me gusta olvidarme para seguir che, creo que se resume a eso... no tengo ni ganas de analizar nada porque sé que más allá de la mierda esta, por fuera de las palabras, entre nosotros hay un entendimiento, una comunión... y explicar desde qué ángulo me jodió lo del olvido es algo que me puede llevar todo el camino de regreso y la verdad es que no tengo ganas- y el cigarrillo quemaba en sus labios dulcemente.
:- Tanto che... mirá que necesitar ponerse así para fumar un pucho sin culpa- dos golpes en el hombro izquierdo de Jimarson, golpes secos pero suaves.
:- No te compadezcas, nunca sentí pena por vos.
:- No es pena eh, solo disfruto un rato del olor del barrio este y te palmeo.

jueves, 18 de febrero de 2010

Otro 504

:- Buen día jefe.
:- Hola, buen día... dele fuerte nomás.
:- ¿Ahí?
:- Mueva la manija... si, ahí.
:- No sea cosa que me pierda por el camino.
:- No, lo intenté con otros pero no funcionó (guiño cómplice por el retrovisor)... ¿a dónde?.
:- Bastida al quinientos, esquina con Gonzaga es.
:- Para allá vamos entonces.

:- ¿Y esa casa de pastas?
:- Creo que es nueva, no le quiero mentir... solo tengo siete meses en el coche ¿vió?, pero me parece que no estaba, es una buena esquina, si la laburan bien... y tiene para el momento.
:- Qué bueno.
:- No sé... yo no puedo andar comiendo mucha pasta, me fermenta ¿sabe?.
:- ¿Cómo que le fermenta?
:- Si, en la panza, me da unos gases, disculpe.
:- Ahh... a mi algunas cosas también, las croquetas, por ejemplo, cuando mi compañera me prepara tengo que andar aguantando y se vuelve un poco molesto... ella sabe que me gustan... lo sabe porque se lo digo, pero lo de los gases no, como le voy a decir a, imagine que le diga "tus croquetas me dan gases amor", las hace con dedicación y la verdad es que son exquisitas, no quiero dejar de comerlas, pero me gustaría que me deje solo una horita, porque se disfruta lo de los gases...
:- Si, claro que se disfruta, pero acá en el auto medio como que tengo que andar con las ventanas abiertas, desodorantes... no se puede.
:- Jajaja, me imagino, debe ser complicado, por eso yo también tengo que esperar a que ella no este...
:- ¿Cómo se llama ella?
:- Florencia, no sé si es mi novia o qué, va y viene como todas, nosotros solo creemos que están, pero que se yo...
:- Si, lo entiendo, estoy acá porque quedé en el perchero.
:- ¿Qué le pasó?
:- No fue por gases, apareció un tipo pintón y de guita, y sabe usted que un reparto de mortadela bocha no tienta a ninguna mujer con ganas de progresar.
:- ¿Repartía mortadela?
:- Si, de la redonda, la bocha. Ella tiene parientes por la zona de campos y nos traíamos para acá una camioneta a la semana... andábamos bien, pero se ve que este tipo anda mejor.
:- ¿Lo dejó?
:- Sin anestesia.

:- ¿Ve ese puestito de ahí? En ese lugar compro la comida casi todos los días, se lo recomiendo.
:- Gracias por el dato, ahora que voy a andar más por la calle me viene bien.
:- ¿Qué hace usted?
:- Trabajo para el diario, pero pavadas, nada importante.
:- ¿Y a qué se dedica dentro del diario?
:- La sección de cultura: muestras, música, murga, cine... eso.
:- Debe andar mucho.
:- Si, pero tengo el auto, ahora quedó en el taller porque lo mandé para que le hagan tren delantero.
:- ¿Qué auto tiene?
:- Uno como este, un 504.
:- Son una roca.
:- Si, además lo tengo flama, no lo dejo caer.

:- ¿Le molesta si fumo?
:- Dele nomás, trabajo con un amigo que anda con un pucho todo el día.

:- ¡Mirá por dónde doblás, puta!
:- Jajajajaja.

:- Es tremendo esto de andar todo el día acá, ¿no?.
:- Y, uno se brota un poco... prefería lo de la mortadela, pero ahora vió, con la separación...
:- ¿No le quedó otra?
:- Y... mire, yo siempre soñé con viajar, con hacer mis cosas, cuando la conocí dejé todo de lado, inventé ese trabajo porque no me gustó jamás tener jefe, en el fondo sigo siendo ese mismo de antes de casarme, pero ahora me veo y me siento viejo... pero bueh, puse el taxi, donde me junte unos mangos y cumpla con los aportes no me ven más la cara.
:- ¿Se va?
:- Y, estar acá es como haberse ido un poco, me fuí de mi vida, ¿no cree?...
:- ...
:- Nunca quise ser esto, así que lo tomo como un volver, cuando otros ven que me voy yo veo que vuelvo...
:- ...

:- Ya casi estamos

:- Ahí en la esquina, sin cruzar, de mano derecha, el tipo ese es mi amigo, el del cigarrillo, está fumando el infeliz.
:- Qué vicio de mierda...
:- El mango es peor.
:- Y...
:- ¿Cuánto es?
:- Ahí le digo... nueve con ochenta.
:- Doce, por la charla.
:- Gracias don, un gusto.
:- Jim, para servirle.
:- Carlos.
:- Nos vemos, termine bien el día.
:- Igual ustedes.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Mucho tiempo después de los Tres Baldes de Pintura*

:- Che, teléfono.
:- ¿Eh?
:- Teléfono, tomá.
:- ¿Quién es?
:- ¿Cómo que quién es?
:- Ah...
:- ¿Ah?
:- Es una mujer, después me vas a tener que explicar.
:- ¿Quién es esa que te pide explicaciones?
:- No pasa nada tonta, es Mariana.
:- ¿No pasa nada es Mariana?
:- Si, no pasa nada, ¿qué querés escuchar?
:- Bueno, te dejo hablar tranquilo, me voy a preparar mate.
:- ¿Con quién estás?
:- Con María.
:- ¿Y esa quién es?
:- Si vas a empezar ahorrame el disgusto y cortá el teléfono.
:-...
:- ¿Para qué llamás?
:- Porque creí que...
:- ¿Creíste que?
:- Hace 5 minutos que bajé del tren y estoy mirando el mar. Antes de ayer estaba en españa, haciendo la post de sonido para una película y terminé y decidí buscarte, y creí que me esperabas.
:- ¿Esperarte?
:- Si... eso, pero...
:- Pero no, porque no che, porque ya no... está todo bien con vos, pero nunca aprendiste a respetarme. Te tengo que cortar, porque María está preparando el desayuno y se va a enojar sino voy y le explico que no pasa nada, que vos decidiste llamar pensando que otra vez iba a estar ahí para que olvides a no se quien, para que se te pase no se qué. Chau Mariana, no llames, no me hace bien esto.
:- Pero...
:- Es tarde...
:- ¿Y qué hago yo?
:- Mirá el mar como lo miré yo todas las veces que esperé que aparezcas.

viernes, 5 de junio de 2009

Jimarson III

Se esperaban, a veces uno, a veces el otro. El café quedaba cerca de la casa de Rober, Jimarson era el que debía moverse por tener auto. Era una mañana como cualquiera, las hojas cayendo como cualquier otoño invitando a una melancolía de lágrima con dos media lunas. Ambos disfrutaban de repetirse, de simular un encuentro profundo con sus libros sobre la mesa, con la cámara esa que ya estaba un tanto vieja pero él negaba cambiar. Hoy el caminante aguardaba por el motorizado, no tenía libros ni cámara, se había quedado dormido y salió rápido, pensando en el retraso y no en el motivo del encuentro.

En una mesa dos viejos con el Clarín, en otra uno que se pide un Gancia con unas papitas y él que se decide por la imagen que debe dar y encarga un cortado. Tiene sueño, repasa la ducha y la paja y se maldice, cuando se despierta cansado sabe que debe evitarla pero cada vez que entra al baño, cada vez que se expone a la lluvia de agua tibia y corre hacia atrás el cuero que cubre a su amigo, este se despierta y lo invita al placer. No podía, desde que la descubrió no pudo dejarla.
Tenía sueño.
:- No me quedaron sobrecitos de azúcar, te traigo la azucarera.
El pulgar respondió por él, el azúcar es azúcar venga en un sobre de papel o en un tarro de vidrio. Le importaba poco, se dormía. Con esfuerzo intentó traer a su mente turbada los temas del día, los asuntos tan trivialmente importantes que lo forzaban a encontrarse con su amigo en ese bar de viejos que les gustaba por trillado. Miraba la foto de Pichuco, pensaba en la Semana de las Artes y Mariana sonidista. Ya no pasaba nada con ella, solo pensaba. Llegó el cortado y las facturas, también la servilletita debajo de la taza y la cucharita con un poquito de mugre adherida. Un poco de azúcar en frasco de vidrio, revolver despacio, como si una mujer lo hubiera dejado la noche anterior. A lo lejos el ruido del quinientoscuatro y la sonrisa que viene con la idea de Jimarson recién levantado, improvisando una disculpa que no necesita.

Estaba bien el cortado, todo estaba bien en ese lugar que se daba el gusto de conocer a sus clientes, por escasos. Las facturas no eran un lujo pero si se humedecían en el café quedaban como cualquiera. Vió estacionar en frente al Peugeot, todavía tenía el barro de la encajada. Su amigo salió despacio, prestando atención a no dejar nada dentro pero tampoco sacaba sus carpetas, no traía nada en sus brazos. Antes de cruzar en dirección al café miró bien a ambos lados, dió con su pie en las costras de barro del coche. Cruzó, se vieron, se rieron.

:- Che, no traje nada.
:- Saludá primero, pelotudari.
Se puso de pie, un abrazo con palmaditas en la espalda y un beso en el cachete.
:- ¿Contento?
:- No, no me esperaste.
:- Parecés una mina, ¿te tengo que acomodar la silla?
:- Haceme una paja mejor.
Hablaban fuerte, los viejos ya no se asombraban de estos dos jóvenes de treinta y algo. Eran los únicos que emitían algún sonido, sin contar el tv de catorce pulgadas que colgaba del rincón de las camisetas de clubes barriales. Al principio no fueron bien recibidos, los consideraban unos maleducados que solo venían a perturbar el orden de cementerio que reinaba entre los gerontes. Robertino supo romper el hielo en varias ocasiones hasta dejarlo bien molido, el alcohol, el Fernet Branca era el encargado de acercar generaciones.
:- ¿A qué vinimos me querés decir?
:- La reunión de los jueves che.
:- ¿Qué reunión de los jueves boludo?
:- Esta.
:- Vos me hacés caminar al pedo nomás, si esta semana no laburamos.
Le preguntó a su amigo que tomaba, si estaba bueno y demás cuestiones de consumidor dubitativo. Pidió lo mismo, como siempre. Se levantó al baño, la rutina era la acostumbrada y la camarera, la señora del dueño (los doblan en edad) preparó dos jarritos, no tenía que esperar a que le diga Robertino que necesitaba otro para no dejar solo a su amigo.
:- ¿No meás antes de venir?
:- ¿Qué te importa?
:- Siempre repetimos lo mismo, ¿te das cuenta?
:- ¿Estás sensible?
:- Dormido, tenía ganas de quedarme en casa, no de venir a tu reunión de los jueves.
:- Nuestra che, venimos acá a comentar cosas fundamentales de la vida.
:- Vamos a estar acá, comentando tus cosas fundamentales de la vida, toda una vida.
:- No, los jueves nomás.
:- Mirá...
:- ¿Qué?
:- Estoy dormido y vos en vivo.
:- No, es que no la pongo hace rato, entonces viste... uno se pone rápido.
:- Ah...
La segunda tanda para Robertino, la primera para Jimarson. El mismo tempo para el azúcar, la vejez simulada y el rito del café con un amigo.
:- Corré el pie boludo, yo llegué primero.
:- Chupame la pija.
:- Vos me hacés esperarte en esta mesa... la próxima me siento en una más grande, acá no entramos los dos, vos siempre te estirás todo.
:- Qué sensible, menopáusica.
Jimarson se levantó a llevar el azúcar, la mesa era realmente pequeña y no le gustaba como quedaba ese tarro ahí, no colaboraba con el balance de cuadro.
:- ¿De qué vamos a hablar?
:- De nada, tomemos el café y si seguís dormido te llevo a tu casa.
:- Es para matarte eh.
:- No seas ganso, si después me llamás para tomar mates.
:- Pero hoy tenía unas ganas de dormir...
:- Estás cojiendo mucho, tenés que aflojarle che, sino te me vas a consumir.
:- Envidia se llama eso, además el sexo no te consume.
:- La paja en la ducha entonces.
:- ...
:- ¿Le das?
Robertino y el café, un sorbo largo y esa expresión de "claro boludo, como vos".
:- Bueno, yo también y no vengo así, muerto en vida.
:- No estoy muerto en vida, solo que anoche... bueh, cosas de pareja.
:- ¿Discutieron?
:- No, no, cogimos mucho, eso nomás.
:- Vos me largás así... cuando la agarre a Flor la mato.
:- ¿Se van a ver?
Jimarson y el café, sorbo largo y esa expresión de "claro boludo, me extraña".
:- Dale ganso, contá.
Jimarson y el café, sorbo largo (muy) y esa expresión...
:- La puta que te parió, seguro que me hiciste venir para contarme esa huevada.
:- Jaja.
:- ¿Para eso? Te voy a cagar a patadas, nos podemos ver más tarde si me querés contar que te vas a cojer a Flor.
:- Más tarde no che, no tengo tiempo hoy.
:- Chupame un huevo.
:- No, tengo que mantener el aliento fresco.
:- ¿A qué hora la ves?
:- Ahora en un rato, después de llevarte.
:- Portate bien eh, no quiero reclamos después, no te hagas el desinteresado porque la vas a cagar de nuevo.
:- Si, ya sé que la tengo que cuidar, querer, respetar, todas esas cosas que hacen confiables a los tipos... solo es que antes no tenía ganas, ahora si.
:- ¿Vas con el auto así?
:- Claro, tampoco tengo que ir con un cartel que diga regalado- las manos señalando en el pecho el lugar del hipotético letrero.
:- Siempre un duro eh.
:- Así son las cosas, vos el blando y yo el duro, ¿no?.
:- Vos el boludo que me hace venir acá para juntar un poco de coraje.
:- Áspero... tomemos el café que se enfría.

Dejaron de prestarse atención y se concentraron en el tv de colores saturados. Noticias, el mundo y sus problemas, los viejos que comentan y cotejan el Clarín con el noticioso. Robertino les pide el suplemento deportivo, lo lee mientras Jimarson sigue con sus facturas, esperando que termine, vaya a mear y se decida a salir del café. Mucho fútbol, muchos boludos que corren detrás del esférico y así dan sentido a la vida de miles de personas. Se quedó pensando en su amigo con la amiga de su ex mientras chusmeaba con desgano las noticias de los burros. Jimarson y la mano en el hombro de Robertino, "¿vamos?".
:- Dale.

Jimarson II

Un poco de barro en sus pies pero la cámara a salvo. Jimarson más prolijo, escogió ir detrás de Rober para ver bien donde pisar.
:- A eso de las once cae el remolque, avisame así rajo antes.
:- Yo me voy antes, hoy me toca de pelotari.
:- De pelotudo te toca, mirá como nos vinimos a encajar por esta verga.
Tres cuadras hasta la plaza, no iba a llegar ningún auto por ese camino. El cielo estaba despejado pero el frío era notable, el viento soplaba fresco y constante. Casas bajas y blancas y el bramar constante del mar completaban el paisaje.
:- Sino fuera por la gente este lugar sería hermoso.
:- Qué mañana positiva che.
:- Vos encajaste el auto.
Llegaron a la curvita que les permitiría ver la plaza. Esas tres cuadras eran largas pero las terminaron en veinte minutos. Estaban Flor y Mariana con el sonido.
:- Allá están tus amigas, andá a saludar.
Sin prisa caminó la plaza de una punta a la otra y subío en la improvisada torre de sonido. Luces y colores, los tableros eran impresionantes. El lugar estaba bien preparado, iba a ser una buena inauguración. Las chicas se dieron vuelta al minuto, estaban concentradas terminando algún arreglo para él incomprensible. Flor estaba igual, bonita y con sus abrazos. Mariana lo odiaba un poco, no podía perdonarlo.
:- ¿Cómo va todo?
:- Bien, no compart...
:- Mariana, basta- la mano derecha de Florencia fue directo a la boca de Mariana.
:- ¿Ya sabés lo de María?- el esfuerzo era inútil, ahora la mano luchaba con otra que la quitaba de la boca.
:- Vos no vengas a provocarla.
:- No, yo vine a saludar- los ojos se llenaron de lágrimas y su mano dejó de pelear con la de Florencia, Mariana estaba derrotada.
:- Sos un hijo de puta vos...- lo quería tanto.
:- No te pongas así pava- él también, pero no como ella, que igual dejaba que la abrace para consolarla por no tenerlo.

:- ¿Cómo andás Jim?
:- Bien Flor, ¿vos?
:- Bien, expulsada.
Otra charla de Mariana y Robertino. Habían pasado años desde que se quisieron como pareja por última vez, ella lo había dejado después de volver dos veces y él ya no soportó. Al tiempo Mariana quiso volver pero era tarde, como siempre. Ahora hablaban bien, tomaban unos mates mientras llevaban una charla agradable. María y actualidad fueron los temas. A Mariana le costaba aceptar, habían pasado algunos después de él pero era el único que extrañaba, el único que recibía una puteada cuando aparecía después de más de un año. Encima volvía como si nada, en un evento igual de pelotudo que cualquiera, que cualquiera de esos otros a los que nunca jamás apareció.
:- ¿Y la querés?

:- ¿Ya hablaron?
:- Si, ahí esta, mejor. ¿Ustedes?
:- Le saqué el teléfono- Jimarson ganador, como siempre.
:- Ya lo tenías, tarado- Florencia ganadora, como siempre.
Robertino los abandonó en el centro de la plaza, metros delante de la torre de sonido, que estaba tirada más hacia el fondo del terreno. Se dirigió al escenario, a contemplar la muchedumbre que se iba aglutinando frente a las tablas. Parecía que estaban todos reunidos en la otra plaza de la localidad, a unas cinco cuadras normales para el norte, por el camino de asfalto, el que Jimarson no quiso tomar porque era apenas más largo. Bandas, murgas y teatro, eso era lo seleccionado para el día. También se repartían unos folletos con textos de autores zonales, su amigo conductor había colado unos cuantos de los suyos en tal impreso. Lo desplazaron de su confortable sitio de pacífica contemplación y se dirigió nuevamente a la torre. Ahí se instaló un buen rato, mientras la plaza se colmaba en tan solo unos cuarenta minutos. Pensaba en María, en como estaría durmiendo, en su vuelta y en el pasado. Lo había lastimado, eso pasaba a menudo. La había perdonado, punto. Estaba planificando con ella, muchos de sus actuales esfuerzos la tenían como beneficiaria y se sentía bien cuando se daba cuenta de eso. Revisó la cámara, todo en orden. Cargó la otra con igual paciencia que la anterior. Mariana lo miraba sin hablarle, una tenue sonrisa esbozaba en sus labios y un qué lejos te fuiste se tatuaba en su alma. Levantó la cabeza y la vió viéndolo, sonrió y continúo sus labores.
:- Che, voy a sacar unas fotos y a charlar con la gente, en un rato vengo.
Antes le decía lo mismo pero con un Te Amo al final, un Te Amo grande como una casa. Eso fue lo único que pensó mientras él bajaba esa escalera que sería una tortura, porque tenía vértigo desde chiquito, quizá desde nacimiento. En un costado de la plaza se despedían Flor y Jim, ambos tenían que cumplir labores. Desde la cábina telefónica de la esquina Rober avisó a sus amigos que no iba a llegar al club, estaba retrasado en Santa Clara y aún no había comenzado la cosa. Jim lo vió dentro y corrió a pedirle que atrase el remolque una hora, ahora que estaba bien con Florencia tenía por que quedarse un rato más.
:- Qué tipo pajero que sos, es por Flor, ¿no?

Jimarson I

A tientas le costaba encontrar las zapatillas, pero si prendía la luz se despertaba y se ponía a dar vueltas un rato y después era dormir si o si hasta las tres de la tarde. Desistió pronto de la búsqueda por complicada, entonces se levantó y en la cocina estaba esperándolo un par de alpargatas que asomaba en la pila de ropa sucia. Yogur de frutilla con cereales azucarados, zapping en el tv que entra justito arriba de la heladera. En la pantalla, en rojo, decía mute. Desde la radio sonaba Jimmy Smith y comenzaba a clarear, despacio. Tenía que estar a horario, era el comienzo de la Semana de las Artes en su ciudad, Jimarson iba a pasar a recogerlo a las ocho. Cuando María no lo veía le gustaba sentarse en la mesa y apoyar los pies en las sillas. Enjuagó la taza y pasó un trapo a las sillas, para que no se avive. Fue al baño, hizo lo primero, lo segundo, se cepilló los dientes y se lavó la cara, todo en ese orden. Casi separando los burletes de la puerta con sus dedos, abrió la heladera sin hacer ruido alguno. Agarró la botellita de agua fría, fiambre, tomate, lechuga y otras cosas para hacer sanguches. Cerró la puerta y con un veloz, pero silencioso, movimiento se acercó al placard del pasillo y tomó su arma de pelotari. Le tocaba, turno a las once en punto en el club. Sudar un poco, que lo hagan correr los viejos.
:- Chau, Te Amo- beso en la frente, todo muy suave y despacito.
:- Yo también- en voz muy baja, pero sin parecer dormida.
:- ¿Estabas despierta?
:- Si, te escuché en la heladera.
:- ¿Por qué no me avisaste?- dos o tres besos, en la boca, seguidos.
:- Porque siempre me mandás a la cama- puchero, para que le den más besos, en la boca.
La bocina los interrumpió, Rober ya estaba encima de ella soltándose el cinturón. Le dió mucha bronca, pero era un evento importante y la masticó, como ella le había enseñado sin quererlo. Un beso más largo y a acomodarse la ropa mientras María lo masturbaba por sobre el pantalón, era un momento dificil para coordinar operaciones motrices. Salió apresurado, casi corriendo.
:- Dormí.
Ella en el medio de la cama de dos plazas abre sus piernas y su mano derecha comienza con un recorrido descendente por su cuerpo.

:- Al menos hacete una paja, ¿no?
:- ¿Me das cinco minutos?
:- En la calle no- su brazo derecho indicó el asiento del acompañante, la puerta se abrió lentamente, con tempo de lamento-. Cuando volvés la tenés ahí, no se te va a ir.
Escuchaban la misma radio, solo que Jimarson tomaba café con leche mientras manejaba. Le gustaba hacerlo todo con leche, no usaba agua. Rober podía tomarlo, era bastante tolerable preparado de esta manera incluso para un estómago endeble como el suyo. Estaban lejos del sitio, la presentación era en un pueblo vecino y el viaje les tomaría unos cuarenta minutos. El sol entraba por la ventana derecha, era traicionero, era de siesta. Los asientos cómodos, el pino aromático colgando del retrovisor y la calefacción al mínimo lo invitaban a dormir, pero no podía dejar a su amigo que lo había ido a buscar de onda, sin compañía.
:- Es un lujo andar así.
:- Es cómodo, si- tranquilo ya, en la ruta que acompaña a la playa desde que existe la ciudad.
:- A mi me da gases la vibración del motor- tomándose el vientre mientras parsimonioso observa el mar-. Esos barquitos, debe ser alucinante estar ahí a esta hora.
Abrió su bolsito con calma, sabiendo lo que iba a hacer. Primero las porciones del bizcochuelo de vainilla que parecía esponja: María estaba feliz de que a él le guste tanto. Después cargar el rollo en la cámara, como siempre, con esa calma que lo exenta de errores.
:- No vengas a joder ahora eh.
Sabía que cuando la preparaba era porque iba a sacar, aunque a él no le gustaba tanto que lo anden jodiendo mientras manejaba. Espero a que su amigo termine el ritual, a cada minuto que pasaba sus nervios iban en aumento. Ese era el problema, porque le gustaba que le saquen fotos. Se ponía nervioso, no entendía nunca si le tocaba hacer cara de algo o solo estarse normal. El quinientoscuatro andaba lindo, prefirió pensar en eso y en lo bien que estaba de pintura. Iban a noventa, clavado.
:- ¿Cara de qué?
:- De que vas manejando y son las ocho de la mañana.

:- Pero sin reirte.

Dos fotos y apareció la entrada al pueblo. Richard Holmes fue lo último que escucharon antes de apagar la radio para dar paso al sonido lejano de la prueba de sonido.
:- Ahora como siempre, yo busco cosas interesantes y vos sacás fotos y hablás con los hombres- poniendo segunda porque era una calle de tierra con muchos pozos, mirando siempre hacia delante.
:- ¿Por qué decís eso todavía?
:- La costumbre- puteando al mundo con un colpe al volante, estaban encajados.

jueves, 4 de junio de 2009

Confesión

Temprano a trabajar, hasta cuando hace frío.

:- ¿Qué hora es?
:- Temprano, vamos a dormir.
Se abrazó a ella con fuerza, traía el frío de la calle y solo así podía quitárselo. Disfrutó como pocas veces del calefactor tiro balanceado y la frazada tejida por su bisabuela. La luz gris del nuboso mediodía apenas molestaba más allá de las persianas plásticas. Ellos dormian en paz, en esa cuadra donde no pasan los colectivos. Era un PH lindo, al fondo. Tenía un patio atrás, grande, con un árbol de limones y una parra. A Rober le gustaban el pasto y los árboles, no asi las flores. A eso de las tres de la tarde empezó a llover, se levantó despacio y preparó el desayuno. Los vecinitos jugaban debajo del chaparrón, la mamá los dejaba cuando no hacía tanto tanto frío, pero a Robertino todos los días le parecían fríos. Se tiraban con algo, baldazos de agua de la canilla. Se puteaban también, eran hermanos pero se trataban de hijos de puta, la madre gritaba barbaridades peores que las de sus hijos. El agua a punto, la mesita con los platos y de nuevo a la cama. Se notaba que se había quedado levantada después de que él fue a trabajar, el pasillo estaba reluciente incluso debajo de la bicicleta que ahí descansaba. Por eso dormía tanto, en esos días particulares le gustaba quedarse en la cama hasta las cinco. También había aprendido que tenía que hacer algún comentario sobre el asunto de la casa, de la limpieza puntualmente, para que ella se sienta bien, porque al fin y al cabo si se enroscaba a dejar todo en orden era por él: María nunca fue ordenada.
:- Gracias.
:- A vos.
:- ¿Por?
:- Por la casa- un beso en el cachete, el cachete izquierdo.
Se quedaba un rato sentada, con los ojos cerrados, haciéndose la tonta.
:- Tengo sueño- cabeza en el hombro de él, que mira distraído el resumen de goles de la novena fecha.
A veces se iba un poco, nunca sabía por qué pero su cabeza lo trasladaba lejos y lo volvía incapaz de relacionarse con su entorno. Esto ya no duraba tanto, con María despertándolo el efecto era tan solo de minutos.
:- Tengo sueño dije- beso en el hombro con camisa.
:- Me hubieras esperado para limpiar, pava- ahora el otro canal, el más amarillista.
:- No, porque vos trabajás y yo estoy acá, como una vaga.
:- No, vos sos la depresiva que vino a buscar cariño- manos en la mesita, para evitar que el desayuno vuele por los aires. Ella lo miraba, había dicho algo estúpido.

:- ¿Esa huevada venís a decir?
:- No, pero es lo que pienso cuando intento entender el porque, para no molestarte con preguntas que no querés responder.
:- Yo no dije que no quería responder, no supongas nada, no empecemos.
:- ¿Me vas a explicar entonces?
:- ¿Siempre tenés que saber todo?
:- No me vengas con boludeces, respondé mi pregunta.
No era la primera discusión como las de antes, habían tenido otra por los exes. Se miraban con ganas, como antes. Sin darse cuenta Rober y María estaban acostumbrándose y tenían tan en claro sus roles en la casa como su lugar en la cama. Cada uno contaba con sus llaves y las amigas de María habían cenado con ellos en el living unas cuantas veces. Ella tenía voz y voto en las desiciones, en las compras, en todo. Estaba instalada.
:- ¿Qué querés saber?
:- ¿A qué viniste?
:- ¿Me vas a preguntar esa huevada ahora que tengo llaves de tu casa? Sos un ridículo.
Para discutir se sentaban en la cama. Ahora las de ganar era la poseedora de la mesita. Se puso a los pies del campo de batalla, del nido de amor, del centro de su relación, otro lugar no cabía.
:- Más allá de lo que demostrás, quiero escucharte.
:- Sos un denso a veces…- cuando le decía esas cosas lo lastimaba un poco, entonces lo miraba fijo para ver si seguía sangrando por las mismas heridas.

Silencio siempre después de algún ataque. Ahora María se iba a sentir mal, era lo acostumbrado. Llega el beso en el cachete, después el abrazo. Casi nunca respondía las preguntas pero sabía bien que esta vez era invevitable, sabía que él había llegado lejos por ella. No tuvo mucho que pensar, sabía lo que le pasaba y lo que estaba haciendo ahí, solo se arrepintió de no tener el valor suficiente como para hablar de entrada.
:- Estoy acá porque te quiero, porque quiero estar con vos.
Se levantó parsimonioso, acomodándose el boxer que dejaba escapar todo. Fue directo a levantar la persiana, a darle luz al cuarto húmedo. Volvió a meterse en la cama. Pidió asistencia para quitarse su última prenda y la beso, un rato.
:- Entonces ya podemos.
:- ¿Ya podemos qué?
:- Dormir desnudos.

lunes, 23 de marzo de 2009

Vereda de vainillas.

No sé a que hora vuelve. Tengo que ir temprano.
Salió rápido, sin saber a donde ir. Afuera esperaba la vereda de vainillas y un sol de diez de la mañana.
:- Señora, disculpe ¿donde hay un almacén?- a la vecina que cuidaba a un nenito muy rubio y muy chiquito, en un triciclo. Debía ser la abuela.
:- Seguí hasta aquella, que es San Martín, y doblá para allá, es ahí nomás- a la vecina nueva, que no había visto aún pero que si había escuchado por las noches.
:- Muchas gracias.
:- De nada- es educadita, debe ser la novia.

Caminó pensando en algo rico para comer. Los autos eran escasos y lentos en ese séctor de la urbe. Árboles de tilo, chicos y perros. Está un poco fresco pero igual andá con un top y el sol le da en los hombros. Lleva el carrito de los mandados, el que él heredó de su abuela. Completan una pollera de jean y alpargatas con dibujitos, blancas con bichitos de la suerte. A veces dejaba lo rudo de lado, solo llevaba su brazo.

La despensa era chiquita, con una heladera exhibidora y un par de estantes en las paredes. Entraban unas 5 personas, a lo sumo. Estaba sola, nadie más que ella se enfrentaban a los míopes ojos de la señora de la despensa. El lugar era sucio, la variedad de productos escasa.
:- Hola, buen día.
:- Buen día señorita, ¿qué va a llevar?- cara inmutable, la misma para todos menos para las señoras del barrio.
:- Cien gramos de jamón cocido, un paquete de fideos y una cabeza de ajo.
Esperó pacientemente a que termine de cortar el fiambre y haga la cuenta en un papelito. Nueve pesos con cincuenta, el vuelto un chocolate. Volvió con el sol en la cara y también algo de su pelo. La vecina la miró con aprobación cuando comprobó el contenido de la bolsa y no dudó en sonreir cuando María se agachó a saludar al nene. Entró rápido, se despidió con una sonrisa de ambos vecinos, le gustó esa primera incursión por el barrio.
:- No me fijé si eran adoquines.
Guardó las cosas y dejó una notita en la mesa: "si lees esto es porque estoy dormida, despertame así comemos, no prepares nada". Primero el baño, ahora que él estaba más limpio se podía ir tranquila, y hasta tenía revistas. Después una ducha rápida y a la cama, a abrazarle su almohada y dormir hasta que llegue, no sabía a que hora.

Cuando despertó estaba la mesita y los fideos, y el ajo y el jamón, más crema de leche y ades, y cerveza.

domingo, 22 de marzo de 2009

Cucharita

:- ¿Qué se te dió por revestir las paredes?

:- Me gustan así- se abrazaba a la almohada y quedaba en posición fetal, siempre. Dormir en esta postura le traía unos dolores de espalda a veces insoportables. La cama estaba cómoda, el olor a ella y las sábanas limpias le daban suavidad. Se quedaba dormido, era inevitable. Colaborando con esto María apagó la luz y dejó el velador que estaba de su lado de la cama, con el foco de 25. Amarillo, todo. Las cortinas y las sábanas, y ellos. Del costado de Rober, en el piso, estaba la jarra con agua.

:- ¿Me pasás el agua?- silencio- ¿el agua?.

Vió como se abrazaba más fuerte a la almohada.

:- Vos querés dormir.

:- No.

:- Entonces dame el agua.

:- Primero abrazame un poco.

Se quedaron así, cucharita. La tele estaba apagada, solo el minicomponente con Black Magic Woman y el velador. Le estaba rascando atrás de la oreja, no iba a aguantar mucho tiempo despierto. Se pego más a el y lo abrazó fuerte. La tomó del brazo con que ella lo abrazaba y cerró los ojos.

:- Dormí.

:- ¿No querés agua?

:- Cht, dormí.

Darle besos en el hombro ayudaba, era más fácil que un chico. La besó un poco en los brazos hasta que sintió que no le quedaban fuerzas ni para eso y se durmió. Estaba lindo él, con la barba prolija y un trabajo. No es que el trabajo importase, pero se notaba cuando comía mejor. El departamento lo mantenía bien, le ponía ganas como si se tratase de su casa.

:- Te Quiero bobo, aunque siempre me salgas con lo mismo.

No funcionaba lo de ellos, nunca podía funcionar. No saben por qué, pero no llegaban a quererse lo suficiente, o faltaba algo más. Así desde los 19 años de él y los 16 de ella.

:- Necesito estar con vos.

Vivieron tres años juntos, se mudaron dos meses después de que Rober cumpla 24. Habían pasado seis años ya desde la fallida experiencia pero ninguno había hecho nada con su vida, estaban moderadamente bien, ambos. María tenía un novio, un tipo importante de una productora de un barrio bien de la ciudad más bien de este país. Era un novio y ya, la hacía feliz como todos los novios hacen felices a las novias felices. Trabajaba con él, en la productora. Rober tuvo un par de errores, solo eso.

A la mañana el desayuno con la mesita. Café con leche y cuatro tostados. También el vaso de exprimido de naranja. Estaba a una hora de salir para el trabajo cuando la despertó. Un beso.

:- Hola- lo miraba con cara de culpa.

:- No hagas cara de nada, hoy te dejo las llaves. ¿Estás bien?

:- Si- dormida.

:- Bueno, dejame ponerte las almohadas atrás de la cabeza... a ver...

:- Gracias- brazos en jarra atrás del cuello, beso.

Se puso cómoda en el sillón de almohadas y él se recostó en su hombro, con la cámara colgándole del cuello. Control remoto, Cinecanal. Belleza Americana a las 8 de la mañana. Cerró los ojos.

:- ¿Te vas a quedar dormido?

:- No, estoy cómodo.

:- Para estar así no te levantés una hora antes a prepararme el desayuno.

:- A vos te gusta.

:- Si.

:- ¿Entonces?

:- Es que me da culpa, ja- sonríe.

:- Naba- con un beso en el cachete.

:- Gracias.

:- ¿Por?- dormido.

:- Por el desayuno, pavo.

sábado, 21 de marzo de 2009

Get back

:- ¿Para qué me traes acá?

:- Porque me gusta.

:- No me vengas con boludeces, no es eso hoy.

El puestito paraguayo. Siempre a las dos o tres de la madrugada, pidiendo licuado para él cerveza para ella. Era ruda, jamás hubiese tomado licuado. Se sentaban cerca del tele, miraban un rato mientras esperaban la hamburguesa cortada a la mitad. La segunda venía después, pero una para cada uno de entrada era mucho, se enfriaban.

:- ¿Qué le ponés?

:- Como vos tarado, mostaza.

Gitanes, eso fumaba. Tuvieron que ir afuera porque se le antojó fumar entre bocado y bocado. No le gustaba mucho que ella lo haga pero ya no eran nada. Los taxis frenaban junto al cordón, las charlas eran como las de antes aunque solo ellos estaban callados, mirándose como tontos. En frente esa universidad privada con tantas luces.

:- Sigue todo igual.

:- Si, menos tu tatuaje.

:- ¿Qué tiene?

:- Le falta color.

:- Como a vos.

Robertino abusaba del azul. Jean y sueter con zapatillas a tono. Por ahí el jean estaba un tanto gastado y parecía celeste, pero igual era demasiado. Durante un rato mantuvieron el rito de beber mirándose, diciéndose que se tenían ganas y lamentaban saber de antemano que no iba a funcionar. Para cuando terminaron todo ese diálogo idiota María había empezado la segunda cerveza y Robertino estaba rolando un porro.

:- ¿Caminamos?

:- No, vamos a tu casa, quiero dormir.

:- Pero hoy no llueve.

:- ¿Y qué me importa?

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De noche ni un colectivo, nada. Solo el tránsito acostumbrado sobre la autopista y nada más. La calle se dibujaba ondulada hacia el horizonte, flanqueada por esas fachadas de hoteluchos de mala muerte. Así era el barrio, puro asfalto y olor a viejo. Las veredas de vainillas invadidas por hojas que caen durante las cuatro estaciones y algún borracho durmiendo en un recoveco, todo eso era su barrio. Y más lo era esa noche de mierda.

:- ¿Y que se te dió por lo de los paraguayos?

:- Porque me gustaba ir con vos.

Caminar lento, lo bastante cerca como para buscar la otra mano. Dejar colgando el brazo, que se mueva al compás de los pies. Los dedos son los primeros que se rozan. Después uno de los dos decidirá con prisa un movimiento brusco que pronto pasará al olvido.

:- Cuando fuíste la última vez a casa quedamos en que ya no iba a pasar nada.

:- Siempre decís lo mismo.

Ya estaba un poco cansada de las mismas viejas preguntas, de los mismos enfermizos recursos para intentar conseguir respuestas satisfactorias a sus oídos que nunca escucharon.

:- Si siempre digo lo mismo, si siempre soy tan facil, hoy duermo abajo.

:- No seas pavo- y se cuelga del brazo.

:- ¿Pavo?- y le besa la frente.

:- Si, porque sabés que vamos a terminar durmiendo en la de arriba- y se acurruca contra él mientras camina.

:- Pero la cucheta está rota.

Entraron a la casa y repitieron el mismo ritual que él repetía con todas. La dejó descansar mientras preparaba cada una de las pavadas que siempre le sirvió. Ya sabía que aguardaba en la cama, con el control remoto en la derecha y cara de nena caprichosa. Estaba grande para eso, aunque hoy a él le tocaba cuidarla.

:- ¿Qué te pasa que andás así?

:- ¿Así como?

Le pasó el té y unas tostadas, sin nada.

martes, 10 de marzo de 2009

Easier

Temprano, tan temprano que no se escuchaba pasar a ningún auto, colectivo... ni bicicletas. Además la temperatura esa que se siente cuando uno aún quiere seguir durmiendo. Pero ella dormía a su lado y siempre era un placer prepararle el desayuno y esperar a que despierte.

La misma rutina. Levantar un poquito las mantas, salir de costado hasta encontrar las alpargatas. Después agarrar del piso las medias, el pantalón, la remera... En el baño cepillarse los dientes, lavarse la cara. Después hacer pichí. Sin ruido cerrar la puerta del baño al salir. Cortar el pan en rodajas parejitas, para que las tostadas salgan lo mejor posible. Calentar la leche para el chocolate caliente. Siempre lo mismo. Siempre con tantas ganas para verla sonreír.

Ya con todo preparado se pegaba la vuelta. Prender una vela aromática. Poner el desayuno en la cama, un vinilo de Floyd.

Así arrancaban bastantes días de su vida, felices.